La adicción a los Videojuegos vista desde el cerebro.

La activación natural de nuestro circuito de recompensa es necesaria para preservar al individuo: comer, beber, tener hijos y perpetuar la especie… nos ayuda a volver a buscar el placer del amor, del juego, el placer de adivinar un acertijo, de sabernos la letra de una canción o un verso, el placer del aprendizaje, nos regala la propia satisfacción después de un esfuerzo. La búsqueda del placer de manera obsesiva se convierte en una adicción.

La adicción es una usurpación patológica del sistema de recompensa cerebral. El cerebro se deja engañar. Lo hace porque asocia “placer” con “supervivencia”. Al cerebro le gusta el placer y lo busca porque se cree que lo necesita. Cuando repetimos esa decisión de engañar al cerebro, el cerebro pierde la capacidad de distinguir entre una activación forzada y una activación natural.

Como sucede con las drogas, la satisfacción que producen los videojuegos, la satisfacción en el proceso de buscar un éxito, esas sensaciones de reto, dificultad, de esfuerzo, de complejidad, de multitarea y de victoria… esas sensaciones son muy atractivas. Pero son fácilmente reproducibles en cada ocasión. Y son más fuertes que la activación disparada por los reforzadores naturales, desplazando nuestro nivel de interés: tenderemos a sustituir los placeres biológicos por las ilusiones tecnológicas, y en el caso de la drogas, por los placeres químicos. Estos reforzadores “forzados” siempre disparan más nivel de dopamina que los reforzadores naturales, aunque también, poco a poco, requerirán novedad y mayores dosis. Aumentarán nuestro umbral de excitación y nos pedirán más tiempo y más dificultad cada vez, lo cual nos llevará a forzarnos por conseguir ese placer. Y lo triste es que, finalmente, ese placer ya no llega ni es como al principio. No vuelve.

Sabemos que la adicción atrofia el control inhibitorio que normalmente realizaría la corteza prefrontal. No nos permitimos creer que es un placer negativo. Este bombardeo del placer tecnológico puede desestabilizar el sistema de recompensa y perjudicar a los reforzadores de placer naturales. Resultado: las cosas normales nos gustan menos y hay que volver a redescubrir los placeres naturales. La felicidad normal y corriente.

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